
Por término medio caminamos unos 120.000 kilómetros durante toda nuestra vida. La mayoría de nosotros, sin embargo, le dedicamos muy poco tiempo al cuidado de los pies. No sólo los descuidamos, sino que los obligamos a introducirse en unos zapatos mal concebidos por exigencias de la moda y luego nos sorprende que nos salgan callos dolorosos, juanetes y uñeros. Es muy importante que empecemos a cuidar nuestros pies desde la infancia y que les prestemos la misma atención que al resto del cuerpo.
La piel de las plantas de los pies está tan especializada como la de la palma de las manos. La capa superficial es más dura y gruesa y carece de pelos y glándulas sebáceas. Exhibe una multitud de surcos parecida a la de la mano. Con frecuencia se toman las huellas plantares en los niños recién nacidos para facilitar su identificación. La capa más profunda, o dermis, está bien provista de tejido adiposo y elástico, que forma un almohadillado que resiste a la compresión. Las uñas de los pies crecen a una velocidad sumamente reducida, unas cuatro veces más despacio que las de las manos, y tardan aproximadamente un año en renovarse.
La piel, las uñas, y en ocasiones las piernas y el resto del cuerpo, padecen los efectos de unos zapatos que no se ajustan bien. La moda produce zapatos de formas extravagantes capaces de comprimir y de deformar los pies y de ejercer presión y fricción innecesarias en la piel. Esta reacciona engrosándose, especialmente a nivel de la epidermis, dando lugar a la formación de callos. En estos casos conviene aliviar la presión con un almohadillado adecuado y acudir a la consulta de un podólogo para que los quite. Si los zapatos son demasiado pequeños o su forma no es adecuada para los pies, pueden provocar juanetes.
Una altura poco adecuada en el tacón puede también resultar incómoda. Si es demasiado bajo puede provocar distensión en los músculos de la pantorrilla, que, si persiste el uso del calzado inadecuado, puede desarrollarse excesivamente y perder su estética. Si los tacones son demasiado altos pueden llegar a afectar a la postura, con aparición de dolores en la espalda e incluso malformaciones de la pelvis. Las várices y la hinchazón de los tobillos pueden ser la consecuencia de llevar tacones muy altos y muy finos, que al tener tan poca superficie de contacto con el suelo exigen un mayor trabajo del tobillo y de la pierna para mantener el equilibrio.
Además de los cuidados de los pies, consistentes en mantenerlos secos y limpios y en el empleo de zapatos cómodos y amplios, conviene prestar atención a las piernas, sobre todo si la actividad profesional exige permanecer en pie durante muchas horas.
Fuente: El Goce de Vivir, Circulo de Lectores S.A